Algo va mal en esta provincia si mañana por la mañana las banderas de la cultura cántabra no ondean a media asta; algo apesta si mañana por la mañana nada más levantarme no oigo a las plañideras de la ilustración más ilustrada lamentarse y quejarse como si de un día para otro les hubieran retirado todos los fondos públicos con los que juegan a adueñarse de lo que ellos llaman cultura y otros llamamos sangría; algo está jodido y bien jodido en esta ciudad si nadie reflexiona el por qué una de las mejores y más valiosas iniciativas culturales privadas que se han visto en los últimos años en la ciudad de Santander despliega velas y pone rumbo al este peninsular.

La escuela de fotografía LaRecámara y su capitán Jorge Represa echan el telón en su preciosa sede de la calle Calvo Sotelo, y se van agotados, defraudados y casi derrotados hacia otro lugar donde tengan a bien recibirles con los brazos abiertos, los ojos más despiertos y las mentes mejor preparadas. Vergüenza debería dar, a todos los que de un modo u otro abanderan el arte y la cultura de esta provincia, dejar de lado y casi ningunear proyectos tan bonitos e interesantes como LaRecámara. 

Conocí a Jorge hace años y desde el minuto uno me sorprendió. Pese a venir precedido de una de las carreras profesionales más completas que conozco (había retratado a todas las celebrities que uno se pueda imaginar y era considerado una de las figuras de la fotografía nacional), nunca sacó a relucir ese aura que según dicen tienen las estrellas. Desde el primer momento me dejó descubrir que detrás de esa máquina de hacer inmensos retratos había una excelente persona.

Poco después llegaron las primeras y deliciosas lasañas (cocina casi tan bien como dispara); las infinitas conversaciones al amparo de la cerveza y el vino, en las que desmigaba poco a poco muchas de sus anécdotas con los famosos; las risas interminables compartidas con Rosa (una delicia de mujer) y la posibilidad de acompañarle a una de sus últimas sesiones, para fotografiar a Zinedine Zidane, uno de mis ídolos futbolísticos. Gracias a esta sesión me di cuenta de por qué los genios son genios. La sesión, por casualidades de la vida, fue una auténtica pesadilla, pero pese a todo Jorge consiguió su objetivo, hacer un buen retrato, tan bueno que fue merecedor del premio a la mejor portada de Francia de ese año. 

Un par de años después llegó La Recámara, un proyecto educativo personal y muy especial. Con una metodología nada habitual, Jorge puso a pública disposición todos sus conocimientos y su inmensa cultura visual, para dedicarse a enseñar pacientemente ese mágico arte que es congelar momentos a base de apretar un botón. Han sido cinco años de lecciones diarias de preciosismo estético, cinco años de emociones y descubrimientos, cinco años de torear egos y apaciguar bestias que creen que el dinero todo lo puede comprar, cinco años de nuevas aventuras y de no parar de aprender, cinco años de generosidad, arte y altibajos. En definitiva, más de sesenta meses de cultura con mayúsculas y de constante lucha contra los elementos que, finalmente, han desembocado en una marcha, un hasta pronto amigos y un hasta nunca sanguijuelas.

Pese a todo Jorge y su escuela se van, pero nos dejan un par de caramelos a modo de regalo póstumo que marcarán un antes y un después en la fotografía cántabra. Nos abandonan, pero generosamente dejan dos de los mejores documentos gráficos que esta provincia tendrá la suerte de ver y admirar en muchos años. "La mar en tierra" y "El aire retenido", son dos perlas documentales que nadie debería perderse; la primera, una radiografía perfecta (a la altura de los mejores reportajes de Life o National Geographic) de uno de los barrios más característicos de la ciudad, el Barrio Pesquero; y la segunda una elegante lección de retrato de la sociedad santanderina, una catequesis gráfica muy cercana al mejor Avedon, que si alguien tuviese decencia, tendría un sitio privilegiado en el MAS o en el futuro Centro Botín.

Estos dos proyectos son el fruto del trabajo que el maestro ha hecho con sus estudiantes, una muestra de que la interesante y novedosa metodología que LaRecámara propone, funciona y es completamente válida; una prueba de que si juntas el saber hacer con trabajo duro y una buena dosis de corazón los resultados siempre merecen la pena; y una evidencia de vergüenza torera, de lealtad hacia las personas y, desgraciadamente, el preludio de una triste despedida sin vuelta atrás.

Se va un hombre generoso que deja parte de su vida en esta ciudad nuestra, un buen puñado de amigos y alguna que otra sabandija; se va una persona con un ojo tan certero como las flechas del arquero de Locksley; se va un ser humano, que cuando consigue abandonar la pereza en la que algunas circunstancias vitales le han sumido, trabaja incansablemente en busca de la perfección más absoluta; se va una mente excepcional capaz de emocionarte no sólo con su palabra sino con la pasión que pone a su quehacer; se va el hombre que me transmitió una de las frases* más importantes que he escuchado en mi vida profesional, una de esas máximas que entran por las orejas y te taladran el cerebro, una consigna, que sin ser tan rimbombante como otras, hace que tu vida se ponga patas arriba y te anime a pegar el volantazo definitivo. 

En fin, se va un maestro y por supuesto se va un amigo. Hasta pronto, George

 

 

P.D. "La mar en tierra" y "El aire retenido" se podrán ver esta noche (20 de junio) a las nueve en la Casona del Judío en pase único, os animo a que os paséis y veáis como en este post no me ha podido la verborrea de la amistad, sino la fascinación por las cosas bien hechas. Espero veros por ahí. 

 

* Según me contó Jorge la frase de la que hablo no es suya sino del cineasta y ahora bodeguero Gonzalo Suárez y dice así: "las carreras (profesionales) se hacen a base de noes, nunca de síes" 

 

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