Últimamente, y supongo que, entre otras cosas debido a la tan cacareada crisis, noto con gran perplejidad que el censo de "diseñadores" ha aumentado en este país casi tanto como la maldita prima de riesgo. A mí, que siempre he sido algo peleón con los asuntos relacionados con mi oficio, esta sobrepoblación me tiene mitad excitado, mitad cabreado. Mitad excitado porque me congratula ver que cada vez podríamos ser más los que poder exigir a quien corresponda (las autoridades competentes digo yo) una regulación seria y competente de esta profesión nuestra; y mitad cabreado porque por mucho que miro con buenos ojos los trabajos de muchos de estos "diseñadores", no termino de ver qué tiene que ver lo que estos hacen, con lo que la profesión de diseño que yo entiendo exige.

La verdad es que los maestros de la palabra (es decir la gente de la Real Academia de la Lengua) tampoco ayudan demasiado a que esa mitad de cabreo que sufro se evapore: si cualquiera de vosotros busca el termino "diseñador" en el diccionario de la R.A.E. se encontrará la siguiente definición: diseñador, ra. 1. m. y f. Persona que diseña.

Pues sí, en mi humilde opinión, no les falta razón a los ocupantes de la bancada del abecedario. Desde luego que diseñador (o diseñadora, aunque permitidme que de ahora en adelante no me sume a esta moda hortera del desdoblamiento obligado del género para referirme a un colectivo plural) es aquel que diseña, faltaría más; pero por la misma regla de tres, es futbolista aquel que juega al fútbol, fontanero el que es capaz de arreglar un grifo o actor porno el que graba en casa, o donde cuadre, sus aventuras sexuales. Por esta razón, y después de darle muchas vueltas, he decidido que a partir de ahora yo no quiero ser denominado como diseñador, yo soy un profesional del diseño.

Para algunos esta afirmación podrá sonar algo soberbia, chulesca o incluso confusa, pero os puedo asegurar que, bien razonada es tan cierta como que el gran Bruno Munari fue un auténtico genio. Para que podáis entender un poco mejor el por qué de mi decisión y las razones que esgrimo, os voy a contar una breve historia.

Hace poco más de dos años mi padre dio por finalizada su actividad profesional, tras más de cuarenta años ejerciendo como profesional del derecho. Actualmente reparte felizmente su tiempo en jugar al golf, pasear bien a pie bien en bici, seguir aumentando su ya amplio bagaje cultural y a disfrutar de mi señora madre, que para algo se caso con ella.

Pues bien, tras casi veinticuatro meses de intentar alquilar su despacho, un inmueble bien situado en la ciudad de Santander, por fin el pasado mes de septiembre consiguió trasferirlo. Los arrendadores, también profesionales del derecho, querían el piso vacío, con lo que la limpieza general se hizo obligatoria. Mi naturaleza curiosa, la mística infantil que aún queda dentro de mí, y algo del síndrome Diogenes que de vez en cuando merodea por mi cabeza hizo que durante algunas tardes de finales de verano me dedicase a buscar y rebuscar entre todos los papeles y trastos a ver qué me encontraba, que nunca se sabe…

Una de esas tardes mientras buceaba en su mesa de despacho encontré, al abrir uno de los últimos cajones, unos bocetos que enseguida reconocí. Eran los bosquejos iniciales de la marca gráfica que durante años encabezó la carpeta dossier en la que mi progenitor entregaba el fruto de su trabajo a todos sus clientes. Siempre me gusto esa marca, será por amor paterno filial, será porque todo lo que ves muy a menudo termina formando parte de tu imaginario personal o quizás el resultado de un trabajo bien hecho, el hecho es que el mencionado símbolo encendió una señal en mi cabeza.

Pues bien, al poco le conté a mi padre que había encontrado aquellos dibujos llenos de líneas geométricas y picado por mi curiosidad profesional le interrogué por quién había sido el autor de aquellos bocetos. Su rápida y orgullosa respuesta me sorprendió al principio y me hizo pensar con el paso de los días. La marca en cuestión la había proyectado él mismo.

Como he comentado antes, mi padre ha dedicado toda su vida profesional al derecho y pese al evidente interés que ha demostrado por todas y cada una de las artes, como persona culta que es, jamás pensé que tuviese esa visión espacial para aislar espacios blancos y negros, proyectar tipografías y plasmar sus iniciales en una marca que bien podía haber realizado alguno de los pocos profesionales del diseño que realizaban su oficio allá por la España de mediados los años 60.

Extendiendo un poco el interrogatorio, le pregunté que cómo es que se había decidido a hacer él su propia marca, que por qué no se lo había confiado a un profesional del diseño y, después de su habitual pausa para pensar antes de contestar, me contó cómo a mediados de los 60 en la provincia de Cuenca (donde él empezó a ejercer) no había nadie, o al menos el no lo conocía, que se dedicase al oficio de diseñar y que fue su propia necesidad para modernizar ligeramente la imagen de su profesión la que le empujó a proyectar su propia identidad, a crear su propio símbolo.

Pues bien, mi padre es y ha sido siempre notario y según nos quiere convencer la gente de la Real Academia de la Lengua también diseñador; aunque como podréis suponer nunca un profesional del diseño.

Mi padre jamás oyó hablar de cuatricromías, sangrados o líneas de corte; jamás supo cuántos puntos tiene un cícero o cuántos páginas de un determinado libro entran en un pliego de 70x100. Mi padre no hubiera sido capaz de aconsejar a un cliente cómo ahorrar casi 2.000 € en papel si este reducía unos milímetros el tamaño de la retícula de su revista, o por qué a un determinado colectivo se le puede comunicar más eficientemente con una tipografía sans serif que con una slab. Mi padre sabía mucho, muchísimo de leyes, contratos e hipotecas pero me temo que bastante poco de comunicación, procesos industriales y cómo dar valor añadido a un determinado producto o servicio.

Esa es la diferencia fundamental entre "diseñador" y profesional del diseño. Ambos son capaces de proyectar algo, de dibujar una idea, de resolver gráfica y rudimentariamente un problema de comunicación, pero sólo el segundo es capaz de dar valor añadido a un producto o un servicio, de ahorrar costes industriales a un cliente, de identificar correctamente cuál es el problema a resolver, de ejercer de sociólogo, ingeniero industrial o incluso maquinista para resolver algo, para arreglar un problema, …

Pues sí señores, ese es el quid de este post. Los profesionales del diseño existimos y nos ganamos la vida gracias a nuestro conocimiento del oficio, del medio en el que trabajamos y de la experiencia adquirida; no somos artistas, no hacemos dibujitos, y por supuesto nunca usamos la "comic sans" ni el maldito powerpoint. Nosotros hacemos que sus libros tengan el mismo aspecto en la pantalla del ordenador que una vez impresos, conseguimos con nuestro trabajo que la gente aprecie su producto o servicio tal y como usted desea o hacemos que sus ventas en los lineales del supermercado se incrementen exponencialmente gracias a la buena aceptación que ha tenido ese restiling de packaging del que tanto dudaba.

Así que, señor empresario, señor gestor, si usted lee estas líneas, por favor deje en paz a su sobrino, ese que dibuja y que maneja el ordenador divinamente, moléstese en descubrir qué profesionales del diseño trabajan por su zona, pídales al menos prepuesto, y si al final se anima y contrata a alguno, tendrá el gusto de comprobar cómo sus cifras de negocio, su imagen o aquello que usted necesite mejora.

P.D. No quiero finalizar este post sin reflejar la última respuesta que me dio mi señor padre, cuando ese mismo día le comenté mi disyuntiva acerca de los términos diseñador o profesional del diseño. Me dijo con su calma habitual y una pizca de sarcasmo: "Mira hijo, estoy seguro que habrías agradecido enormemente si además de notario y diseñador amateur hubiera sido profesional del diseño, pues te aseguro que tu futura herencia sería algo más abultada". En fin, a buen entendedor pocas palabras bastan.

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